Little Miss Sunshine: una road movie especial


“La verdadera felicidad no está en encontrar
nuevas tierras, sino en ver con otros ojos”
Marcel Proust


Little Miss Sunshine (2006) es una de esas grandes películas que nunca estuvieron mucho tiempo en la cartelera. Sin embargo, hoy en día es considerada por muchos un clásico del cine independiente. Se trata de una road movie, género hollywoodiense de viajes cuya tradición se remonta a tiempos de Homero con la Odisea. Algunos clásicos como On The Road, desarrollados en los sesenta, deben parte de su desarrollo a la generación beat, con autores como Kerouac, Ginsberg o Burroughs. Easy Rider (1969), una de las películas más significativas del género, se presenta como un viaje sin argumento, con escenas encadenadas por el viaje en motocicleta a través de la ruta 66. Tan sólo se busca la identidad estadounidense, como reza la portada: "Un hombre buscaba a América y no pudo encontrarla en ninguna parte". Precisamente ésta es una de las características principales de la road movie: presentan una crítica muy ácida de la sociedad de Estados Unidos.




Little Miss Sunshine puede considerarse, en parte, un tributo a los grandes clásicos de road movie, incluso en el parecido de los carteles. A pesar del envoltorio hippie, evidente desde el momento en el que suben a una vieja Volkswagen T2, Little Miss Sunshine supera al género, o, al menos, lo moderniza. Los moteros drogadictos se convierten aquí en siete personajes que representan a la sociedad americana contemporánea: una madre preocupada por mantener unida a la familia, un padre obsesionado con el éxito y la psicología de la autoayuda, un abuelo verde y cascarrabias que todavía se acuerda de Vietnam mientras esnifa, el adolescente deprimido con su familia y obsesionado con Nietzsche y su sueño de ser piloto, un tío homosexual que intenta suicidarse tras una fuerte depresión y Olivia, la pequeña que quiere convertirse en la princesa del concurso Little Miss Sunshine. El viaje en caravana para ganar ese concurso va desvelando poco a poco los deseos y ambiciones de cada uno de los personajes. En esa lucha por el éxito personal, se destapan poco a poco los tabúes y prejuicios de la sociedad hasta terminar rompiendo las normas en el país de la libertad. La película culmina con una sonora carcajada en la escena final contra el país de las princesas de silicona.

"Estados Unidos: donde la libertad es una estatua" Nicanor Parra
En una de las escenas más memorables de la película, Frank, el tío homosexual que se intenta suicidar tras una depresión, habla por primera vez en serio con Dwayne, el adolescente que ha descubierto su incapacidad para pilotar.

Frank: ¿Sabes quién es Marcel Proust?
Dwayne: ¿Es ese del que enseñas?
F: Sí, un escritor francés. Un auténtico fracasado. Nunca tuvo un trabajo, sus amores fueron un desastre, gay... Estuvo veinte años escribiendo un libro que ya casi nadie lee, pero quizá sea el mejor escritor desde Shakespeare… En fin,  llegó al final de su vida, echó la vista atrás y decidió que todos esos años en los que sufrió fueron los mejores de su vida, porque le moldearon. Los años de felicidad… perdidos, no aprendió nada.
D: ¿Sabes qué? Que le den a los concursos de belleza. La vida es un puto concurso de belleza detrás de otro. El colegio, la universidad, el trabajo… ¡A tomar por el culo! Y a la mierda la academia de pilotos. Si quiero volar, ya encontraré el modo de hacerlo.  Hay que hacer lo que te gusta, y a la mierda lo demás.

Entonces, ¿la tesis de la película es la aceptación del fracaso personal? ¿Es que el sueño americano no existe en realidad? Creo que la respuesta no es sencilla. Si se hiciera una comparativa con las revoluciones de los sesenta, como el movimiento hippie, se verían estos como intentos mucho más infantiles de ver el mundo. Efectivamente, el país está lleno de princesas de botox, pero la solución no pasa por el suicidio, el voto de silencio, la terapia de la autoayuda o la drogadicción. La solución se encuentra precisamente en el propio título del concurso: Little Miss SUNSHINE. Olivia, la niña, es ese pequeño rayo de sol detrás de todo el humor negro en la película. De nuevo, un personaje que fracasa en el último minuto, pero que vive feliz haciendo lo que más le gusta. Sus armas son la sinceridad y la autenticidad, no la búsqueda de la fama y el éxito personal. Su esfuerzo será en vano, pero eso la hará feliz. Será un fracaso para la sociedad, como todos los demás, pero habrá tenido auténtica libertad.

Aparte de las razones evidentes para ver esta película, también la banda sonora está fuertemente recomendada. Se trata de un pequeño guiño a muchas road movies famosas, que suelen tener muy buena música (Oh Brother, where art thou?, The Blues Brothers). De entre todas ellas, Easy Rider con el clásico Born To Be Wild: es el que mejor introduce al espectador en la carretera con solo cerrar los ojos.

   

Autor: Santiago de Navascués @sdenavas
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Into the wild


Society, you’re a crazy breed
I hope you’re not lonely without me
Huir, huir, huir. Todo el mundo huye. Huimos de las ciudades, el ruido, los coches, el tabaco, los lunes y el estrés, del frío y del calor… huimos de nuestros padres, de nuestros amigos, incluso de nosotros mismos... Se puede huir por vacaciones o por trabajo, por tristeza o alegría, por necesidad o placer, incluso por deporte, pero todos huimos alguna vez. Por desgracia, la huida absoluta no es para todo el mundo. Son pocos los que aventuran una huida total y Cristopher McCandless fue uno de ellos. Huyó, de una vez por todas.

Fuente de la imagen

Era el año 1990. Apenas unos meses antes había caído el muro de Berlín y ya se respiraba libertad en todo el mundo, pero no todos sabían aprovecharla. Christopher era uno de esos chavales bien preparados que tras licenciarse en la universidad, rompió el muro de la sociedad y huyó. Así empieza Into the wild, una película con una profunda reflexión sobre los fundamentos de la verdadera libertad. Aparte de una fotografía bellísima y una magnífica banda sonora, la película tiene el atractivo de proponerse como la búsqueda de la verdad. “Antes que el amor, el dinero, la fe, la fama y la justicia, dadme la verdad” dice Chris citando a Thoreau al empezar su viaje.

“Hay dos formas de llegar a un lugar. La primera de ellas consiste en no salir nunca del mismo. La segunda, en dar la vuelta al mundo hasta volver al punto de partida”, dice Chesterton en El hombre eterno y nuestro protagonista era de los segundos. Desde su Segundo Nacimiento, la Adolescencia, la Madurez y la Experiencia y adquisición de la Sabiduría, Christopher se convierte en un hombre nuevo: Alexander Supertramp, nombre que juega con el conocido grupo de rock y la palabra inglesa para denominar al vagabundo: tramp. Alexander, el Gran Errante. Se acabó el cansado adagio latino primum vivere, deinde philosophare: la verdad se encuentra recorriendo la propia vida.
Adiós a la tele, el móvil, la piscina, las mascotas, los cigarrillos, el sofá y los fines de semana… Ah, y a tu ejército de seguidores de Twitter. Suena muy bien al principio, pero pasada una hora de película, hay algo que desconcierta a la mayoría de espectadores: ¿Qué sentido tiene dejar todo atrás? ¿Qué busca realmente Alex? Es muy notable a lo largo de la película la aparición repetidas veces los carteles One way, Do not enter, Wrong way. ¿Qué precio hay que pagar para lograr la libertad?
Creo que en este punto es preciso observar que Into the wild no es un fenómeno aparte. A lo largo de la historia se han visto muchos casos de evasión salvaje, desde los clásicos a los que se aficiona Chris, como Tolstoi o Thoreau, hasta las más modernas utopías hippies. Pero hay una diferencia sustancial entre esta película y el resto de huidas: que no acaba en el fracaso. Se me ocurre un ejemplo muy significativo a este respecto: El guardián entre el centeno. La idea es la misma: un joven que se harta de la sociedad se escapa y decide buscar la verdad por sí mismo. Tanto Holden Caulfield como Christopher McCandless son hijos de una sociedad opresiva, que tienen problemas con sus padres y se encuentran en un mundo fracturado que no da una solución fácil. El profético Dylan cantaba ese mismo año el opresivo Everything is broken.
El guardián entre el centeno recorre un camino tambaleante por la ciudad de Nueva York, una selva comparable a la ruta de Supertramp, aunque no tan idílica. La ciudad se parece más a la selva oscura de Dante que a cualquier otra selva real o metafórica. Y ese es el problema de Holden: que no sabe dónde buscar la solución. Por resumirlo en unas pocas líneas de un poema, el relato acaba con la vuelta del prófugo a casa tras el alumbramiento del sentido de su vida:
“Me imagino a muchos niños pequeños jugando en un gran campo de centeno y todo. Miles de niños y nadie allí para cuidarlos, nadie grande, eso es, excepto yo. Y yo estoy al borde de un profundo precipicio. Mi misión es agarrar a todo niño que vaya a caer en el precipicio. Quiero decir, si algún niño echa a correr y no mira por dónde va, tengo que hacerme presente y agarrarlo. Eso es lo que haría todo el día. Sería el encargado de agarrar a los niños en el centeno. Sé que es una locura; pero es lo único que verdaderamente me gustaría ser. Reconozco que es una locura.”
Para Holden Caufield, en adelante El guardián entre el centeno, el mundo ya no tiene mucho misterio. Simplemente hay que evitar que los niños se vuelvan adultos, para ayudarles a ser libres. Supongo que este pedacito de sabiduría posmoderna puede satisfacer a mucha gente. Estoy convencido de que a Alexander Supertramp no.
A partir de aquí, recomiendo abandonar la página a todo el que no haya visto la película. A los demás, que escuchéis al gran Eddie Vedder mientras leéis.


Sin detenerme en la decena de profundas reflexiones que surgen a lo largo del periplo, suficientes para escribir un libro, reproduzco el memorable diálogo entre Alex y Franz, un veterano retirado en un pueblo perdido en el medio Oeste que le da la clave final de su viaje:
Alex: (…) estás equivocado si piensas que la alegría de la vida viene principalmente de la alegría de las relaciones humanas. El lugar de Dios está alrededor nuestro, está en todas las cosas y en todo lo que podemos experimentar. La gente sólo necesita cambiar la manera en que ve las cosas.
Ron Franz: Si. Voy a tomar nota de eso. Sabes que lo haré. Te quiero decir algo. De la cosas que me has dicho sobre tu familia, tu madre y tu padre... y sé que tienes problemas con la Iglesia también...Pero hay alguna especie de cosa grande que todos podemos apreciar y me suena a que no te importa llamarlo Dios. Pero cuando perdonas, amas. Y cuando amas, la luz de Dios brilla a través de ti.

El viaje de Alex termina reconociéndose de nuevo como Christopher McCandless, el joven que finalmente descubre que huía de sus padres, de los problemas de su casa, y es capaz de abrazar de nuevo a sus padres. La bellísima imagen final del abrazo de sus padres mientras mira al cielo y su muerte mirando a la luz es su remisión. “Cuando perdonas, amas. Y cuando amas, la luz de dios brilla a través de ti”. En una sola escena, hace las paces con el padre y reconoce al Otro Padre que le perdona desde las alturas. Chris no se engaña cuando escribe en su diario “he tenido una vida feliz y doy gracias al Señor. Adiós, bendiciones a todos”. Alex no huía de los demás, sino de sí mismo, para volver a encontrarse de nuevo en los brazos de quienes le amaban. Así se explica la paradoja de su testamento: “la felicidad sólo es real cuando se comparte”.


Autor: Santiago de Navascués @sdenavas
Estudiante de Historia y el minor en Filosofía de la Universidad de Navarra.
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La Diligencia

Estados Unidos forjó su historia gracias a las proezas de unos pocos valientes que expandieron las fronteras hacia lo desconocido y engrandecieron el territorio avanzando siempre hacia el oeste. Hombres como Wyatt Earp, Davy Crocket o Kit Carson. En el terreno fílmico, ese pionero es John Ford, que convirtió “La diligencia” en uno de los westerns más famosos de la historia, fijando así los cánones del género y catapultando a varios de sus actores a la categoría de estrellas.


Como todo aventurero, John Ford no era consciente de la trascendencia que alcanzaría su obra. Aunque parezca mentira, 1939 no era la mejor época para rodar un western. El género se consideraba pasado de moda e infravalorado. Los grandes relatos del lejano oeste se veían denostados, como cuentos provenientes de un pasado que la moderna sociedad estadounidense ya había superado. Además, el maestro Ford no había filmado una película del oeste desde “Tres hombres malos”, en 1926. Él era considerado entonces un director aceptable, pero no un gurú de la gran pantalla.

Hasta que en 1937 llegó a sus manos un breve relato titulado “Stage to Lordsburg”, publicado por el novelista Ernest Haycox en la revista Collier´s. Inspirado en un cuento de Maupassant, narra el viaje de una diligencia por el territorio apache, en la cual van distintos personajes, cada uno con su pasado, sus manías y sus ilusiones. Unos personajes que cautivaron a John Ford, quien compró los derechos inmediatamente por tan solo 7.500 dólares, cantidad irrisoria para la época. El proyecto de “La diligencia” estaba ideado, pero aún necesitaba unos actores que le infundiesen vida. Y para ello, Ford no pensó en los altivos galanes que acaparaban las portadas. El elegido fue John Wayne, un actor mediocre (amigo de Ford) que hasta entonces solo había intervenido en títulos sin pena ni gloria.


El rodaje fue duro. John Wayne padeció los gritos, insultos, burlas y correcciones de Ford hasta la última toma. ¿Valió la pena? Para la historia quedó un western inmortal, que resucitó el género para inaugurar la Edad de Oro de los títulos del oeste. Ford y Wayne jamás se volverían a separar. Para el recuerdo, una diligencia incómoda, dejada, que sirve de hogar a un banquero corrupto, un médico aficionado a la bebida, una prostituta, un vendedor de whisky y la esposa de un oficial de un ejército, además de un cowboy que se debate entre la venganza y la redención. Unos personajes pertenecen a las clases altas; otros, han sido maltratados por la vida. Los primeros viajan a un destino concreto; los segundos, huyen de un oscuro pasado. Dos mundos opuestos. Durante el trayecto, se enfrentarán y se aceptarán, en medio del cansancio, del sofocante calor y del galopar de los indios que los persiguen.      

Ford nos regala una profunda historia psicológica, en la que los personajes no solo realizan un viaje por la llanura norteamericana, sino también por lo más hondo de sus corazones. Cuando alcanzan su destino, ya no son los mismos. El polvo que levantan los cascos de los caballos ha difuminado sus vidas anteriores. Los recelos y trifulcas, las pasiones, los revólveres desenfundados, los altos en el camino, la hipocresía, la naturalidad, los lances de miradas, el Winchester, la oscarizada banda sonora, la carrera contra el propio destino y la persecución por Monument Valley componen una epopeya legendaria. Esa misma localización, años más tarde, también será el escenario que pisarán los cowboys de “Pasión de los fuertes”, “Fort Apache” y “Centauros del desierto”.

El lejano oeste forja sus propios héroes, a veces entre la realidad y la leyenda: férreos defensores de la ley, valientes oficiales del ejército e intrépidos colonos que llegan hasta lo inexplorable. En 1939, el western esculpió dos mitos: para la posteridad quedaron John Ford y John Wayne.

Cartel de la película. Fuente: Filmaffinity

Pablo Úrbez Fernández @Paurbez
Historiador en potencia y periodista en los ratos libres, terminó por causalidad en la Universidad de 
Navarra. Cinéfilo empedernido, aficionado a los toros y actor sobre el escenario. Orgulloso de ser español 
y un católico devoto.  Artículos en Ginkgo Biloba

Bibliografía                
Revista FilaSiete, números 155 y 156, página 48.

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Hannah Arendt: respuestas impertinentes

Hannah Arendt no era una del montón. Cuando en 1960 el Mossad secuestró en Buenos Aires al dirigente nazi Adolf Eichmann para juzgarlo, el mundo entero tenía puestos los ojos en el juicio de Jerusalén y Hannah fue la enviada estrella para cubrir la noticia. La publicación de los resultados en el New Yorker, y posteriormente en el libro Eichmann en Jerusalén, tuvo un eco social inesperado. Las críticas se dispararon desde muchos sectores del periodismo y también de los líderes judíos. Aquel informe se convirtió en un auténtico escándalo. Todo el mundo esperaba que aquella brillante discípula de Heidegger, que en el año 1951 había denunciado por primera vez el régimen nazi en Los orígenes del totalitarismo, escribiera un artículo criticando de nuevo los crímenes nazis, el holocausto y la maldad de Hitler. En cambio, Hannah exponía con toda claridad una serie de reflexiones basadas en aquella experiencia, que luego le servirían para una reflexión sobre el origen del mal. Fue denunciada fundamentalmente en dos puntos: la supuesta defensa del acusado, al que calificaba de banal, metódico, burócrata, pero desprovisto de todo sentido de la responsabilidad moral; y la denuncia de algunos líderes judíos por su colaboración con el régimen nazi. En el libro, que lleva por subtítulo Un estudio sobre la banalidad del mal, Hannah desarrollaba la teoría de que Eichmann no actuaba en conciencia, sino guiado por un afán por cumplir con la ley, por servir a Hitler, sin preocuparse por las implicaciones morales. El acusado no era el “monstruo” que calificaba la prensa, sino un burócrata que cooperaba con el sistema. La segunda crítica se dirigía a los líderes judíos que habían colaborado con los nazis, como por ejemplo en las listas de transporte del campo de concentración de Theresienstadt.

¿Por qué fue tan difícil de asimilar su postura? Además de intereses políticos concretos, Occidente nunca se había preguntado por aquella catástrofe, que quedaba constreñida a un capítulo oscuro, especialmente oscuro, de nuestra historia. De los nazis lo sabemos todo, incluso demasiado. Es fácil hasta caracterizar al propio Eichmann: alemán, diligente, ordenado… nos lo imaginamos detrás de un escritorio mandando cartas y haciendo cifras de vidas humanas como quien escribe un informe. Podemos añadir, en aras de nuestra erudición, un cierto desprecio por aquella ética germana, de imperativos categóricos, del sentido del deber, la obediencia a la ley… Parece que lo único que podemos descubrir en las investigaciones fueran nuevos crímenes, más atroces y más graves, para regocijar nuestro desprecio por ese mal absoluto.

Célebre entrada al campo de concentración de Auschwitz
Arbeit macht Frei. Jochen Zimmermann. 
License: CC Attribution-ShareAlike 2.0 Austria

Pero, ¿acaso sabemos lo mismo del terror comunista? ¿Y de las atrocidades vietnamitas? Lo que sabemos de otros regímenes es completamente diferente. Nadie conoce la figura de Mao o la de Stalin (que probablemente se pueda caracterizar también como un hombre banal e indolente) con tanta profundidad. ¡Vae victis! Stalin sonrió en una foto con Churchill y Mao escribió un best seller. Los gulags, el campo chino, Camboya, Armenia, Bosnia o Ruanda nunca tendrán tanto eco en nuestro imaginario colectivo. De todas las victimas del terrible siglo XX, el pueblo judío es el que más compensación ha recibido. El corpus literario y la filmografía sobre el nazismo son tan extensos como homogéneos en su interpretación. Se diría que las concepciones forjadas después del 45 se convirtieron en grandes lápidas, en bloques de saber inalterable que era preciso venerar irreflexivamente. Y es en ese bloque de hormigón armado donde Hannah Arendt golpea con toda la fuerza de la verdad: ni Eichmann es un personaje de novela nazi ni todos los judíos murieron como mártires en los campos de exterminio. La película muestra una Hannah segura de sí misma, convencida de su argumentación y sin miedo a decir la verdad. Podría decirse que es la antítesis de Eichmann: mientras que éste obedecía sumiso cualquier orden de sus superiores, por inmoral que fuera, Hannah defendió sin miedo su postura ante las presiones y la crítica. Se trataba, en ambos casos, de puestos de responsabilidad, que podían luchar con o contra la cultura dominante, y en los dos se dieron respuestas extremas: seguir a la masa o actuar en conciencia. 

Autor: Santiago de Navascués @sdenavas

Estudiante de Historia y el minor en Filosofía de la Universidad de Navarra. 
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La dignidad de la persona humana: secuencia de la noria en "El tercer hombre"


Viena, 1947. El norteamericano Holly Martins, un escritor de novelas policíacas, llega a la capital austriaca cuando la ciudad está dividida en cuatro zonas ocupadas por los aliados. Holly llega reclamado por un amigo de la infancia, Harry Lime, que le ha prometido trabajo. Pero el mismo día de su llegada coincide con el entierro de Harry, quien ha sido atropellado por un coche. El jefe de la policía militar británica le insinúa que su amigo se había mezclado en la trama del mercado negro.
El tercer hombre es, ante todo, un cuento de misterio amoral en la deprimida Viena de la posguerra, donde Orson Welles realiza una de sus interpretaciones más insolentes.
Cuanto más investiga Holly, más cosas oscuras descubre sobre Harry, que resulta ser un mafioso inmoral que no solo está vivo sino que está vendiendo penicilina en el mercado negro. Holly y Harry se encuentran por fin en lo alto de la noria del parque de atracciones del Prater. Ambos se muestran nerviosos y arrogantes; no hay más que ver cómo al saludarse dan vueltas en círculo, reconociéndose, examinándose el uno al otro.
Entran en la noria, mientras un contrapicado nos muestra la grandeza de la atracción, su popularidad, su encanto misterioso. Harry hace un cínico comentario sobre los niños, que ya adelanta el nivel moral del personaje. Continúa  tratando a su amigo con tirante afabilidad, mientras justifica su turbio negocio. Es un enfrentamiento dialéctico entre los dos personajes principales; dos concepciones de la vida y del ser humano frente a frente. Cuando suben a la noria, no hay planos generales de los dos. La conversación fluye por un plano único de cada interlocutor.
Holly le reprende por obtener dinero a base de vidas humanas, y Harry le responde:
“Hoy en día nadie piensa en términos de seres humanos”
Además, acompaña sus palabras de una simple y banal concepción del ser humano. No hay ejemplo más gráfico de sus principios, pues se acerca a la ventanilla de la noria y le muestra el suelo vienés. Desde un plano picado, vemos cientos de personas que caminan dirigiéndose a sus respectivas ocupaciones. El plano da sensación de vértigo, abruma la visión desde la noria.
“Mira ahí abajo. ¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejara de moverse?”
Da pena la visión del mundo que posee Harry Lime. Y más triste aún es pensar que esa visión ha calado en nuestra sociedad. La gente habla de los seres humanos como un colectivo, como una manada que vive junta en el mismo planeta. No se tiene en cuenta que cada ser humano es totalmente único e irrepetible, con una eminente dignidad sobre el resto de criaturas existentes y con la capacidad de poder dirigir su destino de principio a fin sin estar conminado por otros elementos. Cada uno de esos puntitos negros- como los llama Harry- tiene una dignidad infinita, innumerables sentimientos, seres humanos a los que ama y proyectos para el futuro. No se puede convertir a la persona en un medio para obtener dinero, como hace este personaje en la película. Eso rebajaría el concepto que tenemos de persona humana, pues la emplearíamos en un mero instrumento para obtener nuestros fines, cuando en realidad posee un valor absoluto.
“Holly, tú y yo no somos héroes; en el mundo ya no quedan héroes, solo en tus novelas”.
Si hoy en día nadie piensa en términos de seres humanos, algo tendremos que hacer para cambiar las cosas. No podemos permitir que la persona sea usada para conseguir beneficios económicos, o como medio de acceder al poder. Y conviene cambiar las cosas cuanto antes, porque las consecuencias de tener esa visión del ser humano son irreparables, debido a que son personas las que sufren o, en el caso de la película, mueren. Nunca volverán, no se pueden recuperar. Para que exista la civilización y verdaderamente se pueda vivir en sociedad, es necesario que todo el mundo tenga muy claro el concepto de persona humana, pues de ello pueden depender las vidas de muchos hombres y mujeres en un futuro. Pensar lo contrario impide al hombre mantenerse a la altura de su dignidad. Le animaliza, le inhumaniza. Se rebaja a sí mismo cuando convierte a las otras personas en meros medios para obtener beneficio propio, cuando el verdadero valor del ser humano es absoluto.
Terminada la conversación, salen de la noria. Harry no quiere seguir discutiendo, pide cooperación a Holly. Es lo único que le importa al fin y al cabo, que mantenga cerrada la boca frente a la policía. Finalmente, se despide como empezó, con una cita de lo más cínica que el propio Welles ideó para su secuencia en la película:
“Recuerda lo que dijo no sé quién. En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia no hubo más que terror, guerras, matanzas; pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza por el contrario tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz, ¿y cuál fue el resultado? El reloj de cuco. Hasta la vista, Holly”.
Autor: Pablo Úrbez Fernández
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Lincoln y la verdad histórica en el cine



A la raza humana nos apasionan las historias. Tenemos naturaleza de cuentacuentos. Hay una película de los años sesenta llamada Viva Italia, dirigida por Roberto Rossellini que a uno le hace llegar a esa conclusión. Me la recomendaron por ser una buena muestra de cómo se tergiversa la historia, a veces por interés, pero en muchas otras por puro entretenimiento. Nos va el romanticismo. Si leen la historia de la unificación italiana –la película se rodó con motivo de su centenario–, comprobarán que la importancia de Giuseppe Garibaldi no fue la que a veces se no quiere hacer creer. Garibaldi dibujó en su mente una Italia revolucionaria, y su carisma y liderazgo le permitieron deponer al rey borbón de Nápoles. Lo que no se cuenta es que Garibaldi, que se había erigido en estandarte del republicanismo, que en sus inicios se había negado a que Italia se convirtiese en una extensión del Piamonte, acabó entregando sus tropas al rey Víctor Manuel II, para que este se convirtiese en el monarca de todos los italianos. La monarquía en Italia duraría hasta 1946. 

Claro está, lo bonito hubiese sido que Garibaldi hubiese materializado su utópica idea de Italia por la vía democrática, y que su república hubiese perdurado hasta nuestros días. Pero no, lo cierto es que Italia fue una monarquía durante cerca de ochenta años y tuvo un dictador –elegido por el propio rey– de por medio. No tan romántico, ¿verdad?

Hace poco vi la recién estrenada Lincoln y me vino la misma idea a la cabeza. Sabiendo lo peliculeros que son a veces los americanos, el realismo con el que la película trata al presidente es una grata sorpresa. Está claro que dos horas y pico no dan para contar toda la historia, pero algo es algo. Servirá para difuminar ese aura de semidiós con la que el paso de los años ha coronado al desgarbado presidente. Ojo, que quede claro que no menosprecio la obra de Lincoln. Sin embargo, sí que hay un famoso refrán español que le viene al pelo: no se puede hacer tortilla sin romper los huevos.






De eso mismo trata la película. Lincoln tuvo que pelearse contra el sistema para mejorarlo, según lo que le dictaba su conciencia. Una aclaración importante: el objetivo principal de Lincoln no era abolir la esclavitud sino preservar la Unión. En una carta al director del New York Tribune, Lincoln escribió: “Si pudiera salvar la Unión al precio de no libertar a un solo esclavo, lo haría”. Su posición fue extraordinariamente pragmática. En un principio, su programa político no pasaba por la abolición de la esclavitud sino por prohibir su extensión en los nuevos territorios americanos del oeste. Es decir, mantenerla en los estados en los que ya estaba instaurada. Sólo cuando las posiciones se fueron extremando y la inevitabilidad de un conflicto se hizo patente, Lincoln aprovechó para intentar erradicar una lacra que violaba los principios que cimentaban la nación estadounidense.

Pero la cosa no acaba aquí. En la película se muestra cómo Lincoln encarga la compra de votos de un puñado de parlamentarios para aprobar la Decimotercera Enmienda. Otro motivo de gratitud hacia los guionistas –tampoco tenían mucha más opción; la película trata sobre la aprobación de la enmienda y la historia sería directamente falsa si no se mostrara el amaño–. Pero además de la corrupción, la película nos muestra que Lincoln fue un dictador de facto, un hombre taciturno, proclive a encerrarse en su despacho y desde ahí ordenar detenciones. Además, prohibió el derecho de habeas corpus a los disidentes, entre otras extralimitaciones en absoluto contempladas por la Constitución americana.



La historia le ha juzgado positivamente. Tampoco podía ser de otra forma. El balance de sus acciones es bueno. Acabó con un anacronismo que violaba los derechos fundamentales del hombre que afectaba a una raza entera. Pero hay que contarlo todo. No podemos deificar. Lincoln fue humano, cometió errores, se vio arrastrado por las circunstancias y abusó de sus atribuciones.

Está bien que el cine moldee la historia, porque a veces es necesario por el bien de la propia historia que los hechos se adapten. La historia tiene enseñanzas o –si me lo permiten– moralejas. Cambiar los hechos no quiere decir necesariamente cambiar el trasfondo, el significado real de esos hechos. Así, Lincoln (la película), que obvia y manipula partes de la historia para conferirle más lirismo, no altera la enseñanza de la historia. Por eso sorprende. Acostumbrados a películas en las que los libros de historia sólo tienen lugar en los decorados, algunos recibimos esta película con una sonrisa. Chapeau a los guionistas.

Autor: Álex Grego

Casi dos metros de estudiante de Historia y Periodismo. Cinéfilo enfermizo y melómano en momentos de recogimiento. Me gustaría leer más. Catalán de nacimiento; mil leches de ascendencia.

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Una conversión de película: Alec Guinness

Cuando falleció en el año 2000 a los 84 años, este polifacético actor británico tenía más de un motivo para estar orgulloso: ganó el óscar a mejor actor por “El puente sobre el río Kwai” (1957), interpretó a Ben Kenobi en “La Guerra de las Galaxias” (1977) y fue ordenado caballero por la reina Isabel II. Y, sin embargo, según señala en sus memorias, su decisión de incorporarse al seno de la Iglesia Católica había sido mucho más importante que su carrera como actor: “Si de algo debo lamentarme es de no haber tomado antes la decisión de convertirme al catolicismo”
 
Porque lo cierto es que Alec Guinness tuvo una vida complicada. Nacido en Londres en 1914, nunca conoció a su padre. En cambio, sí supo quién fue su madre: una bebedora a la que él mismo calificó como prostituta. Cuando terminó los estudios, estuvo un par de años trabajando para una firma publicitaria, mientras acudía a una academia para formarse como actor. En aquella época, frecuentaba oscuros barrios londinenses junto a una serie de amistades turbias. 

En 1936 llegó su gran oportunidad cuando obtuvo su primer papel en la clásica obra de teatro Hamlet. Después de la Segunda Guerra Mundial, su carrera cinematográfica progresó considerablemente. Participó en exitosas producciones británicas como “Cadenas rotas” (1946), “Oliver Twist” (1948) y “Ocho sentencias de muerte” (1949), en donde llegó a interpretar hasta ocho papeles distintos. 

Sin embargo, la película que cambió su vida se rodaría lejos de la campiña británica. En 1954 fue seleccionado para dar vida al Padre Brown (el astuto sacerdote concebido por Chesterton) en la película “El detective”. Alec Guinness relata aquella experiencia de la siguiente manera:

Estábamos en los exteriores de Borgoña cuando tuve una pequeña experiencia de cuyo recuerdo siempre he disfrutado. Hacia el anochecer me encontraba aburrido y sin saber qué hacer. Vestido con mi negra sotana, subí por el serpenteante y polvoriento camino hacia el pueblecito. En la plaza, los niños chillaban en medio de infantiles batallas, con palos por espadas y tapas de cubo de basura por escudos. […]

No había caminado mucho cuando escuché unos pasos apresurados y una voz aguda que me llamada «Mon Pere!». Un chico de siete u ocho años me tomó de la mano y la apretó fuertemente, balanceándola mientras mantenía un parloteo incesante. No me atreví a hablar por miedo a que mi horroroso francés le pudiera asustar. Aunque yo era un absoluto desconocido, el chico me tomó por un cura y, consecuentemente, por alguien digno de la mayor confianza. 

De repente con un «Bonsoir, mon Pere!» y una deslavazada reverencia, despareció por el agujero de un seto. El chico había disfrutado de un alegre y tranquilizador paseo a casa, y a mí me dejó con un extraño sentimiento de euforia. Mientras seguía caminando, se me antojaba que una Iglesia que podía inspirar tal confianza en un niño, haciendo de sus sacerdotes -incluso cuando eran unos desconocidos- tan sencillamente accesibles, no podía ser una institución tan intrigante y aterradora como solía ser descrita. Aquel día empecé a sacudirme de encima mis anquilosados prejuicios, tan largamente aprendidos”.

A los pocos días de este incidente, un hijo suyo quedó paralítico a causa de una poliomielitis. El pronóstico era incierto. Movido por un impulso interior, cada noche, al terminar el rodaje, Guinness comenzó a frecuentar una pequeña iglesia católica en su camino a casa. Pedía intensamente a Dios la curación de su hijo, y prometió que no se interpondría en su camino si el niño, que había sido matriculado en el colegio de los jesuitas, deseaba hacerse católico. Felizmente, se recuperó y, un año más tarde, el chico anunció que deseaba convertirse al catolicismo. Guinness recordó su promesa a Dios, y accedió a que su hijo se convirtiese. A raiz de ello, en su propio corazón surgió una poderosa inquietud. Movido por la fe del pequeño, el actor comenzó a estudiar el catolicismo. Tuvo largas conversaciones con un sacerdote católico y, finalmente, se decidió a hacer un curso de retiro en una abadía trapense. Aquello le dio fuerzas, pero aún no había llegado su momento.

Mientras tanto, continuó apareciendo en filmes como “El quinteto de la muerte” (1955) y “El prisionero” (1955). Hasta que llegó el año 1956. En la ciudad de Los Ángeles, rueda el filme de época El cisne, en cuyo reparto figura Grace Kelly, católica practicante. Junto a ella, asistió a Misa durante varios domingos mientras comentaban aspectos relativos a la doctrina de Cristo. Así, la futura princesa terminó por inclinar la balanza. Ese mismo verano, Alec Guinness  fue recibido en la Iglesia Católica por el Obispo de Porthsmourth. 


Seis meses después, su esposa siguió sus mismos pasos mientras él rodaba en Sri Lanka “El puente sobre el río Kwai”. Se dice que algunos días, durante los descansos, dedicaba la jornada para caminar hasta una ermita muy lejana y así poder rezar ante el Santísimo Sacramento. Aquellos rezos bien le valieron el óscar al mejor actor. En los años sucesivos, participó en películas legendarias como “Lawrence de Arabia” (1962), “Doctor Zhivago” (1965), “Cromwell” (1970) y “La Guerra de las Galaxias” (1977). 

Paradójicamente, al final de su vida imitó los pasos de su personaje jedi Ben Kenobi. Sin hacer mucho ruido, abandonó las cámaras para retirarse a escribir y meditar. A escribir cómo abandonó la lobreguez del lado oscuro, y a meditar por qué no se atrevió a hacerlo antes.
 
Fuentes
Internet Movie Date Base http://www.imdb.com/name/nm0000027/bio
J. Ginés, Pablo, Artículo Alec Guinness: la fe católica del viejo maestro Jedi¸2005, http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=2108
Filmaffinity http://www.filmaffinity.com/es/search.php?stype=cast&stext=Alec+Guinness


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Una conversión de película: Gary Cooper

Las flechas de los indios, los fusiles de las tropas alemanas y los revólveres de las bandas de forajidos no fueron capaces de traspasar el corazón de este galán de Hollywood. Sin embargo, el valor de una sincera amistad, cercana y desentendida, removió por completo los cimientos de sus principios espirituales.

Frank James Cooper nació en Montana (Estados Unidos) el 7 de mayo de 1901. Era hijo de unos inmigrantes ingleses, propietarios de un inmenso rancho. Allí, el futuro actor aprendió a montar a caballo, habilidad que demostraría después en numerosos westerns. Tras cursar estudios primarios en Inglaterra, regresó a Montana y trabajó como dibujante de tiras cómicas en diversas publicaciones.

Después decidió probar fortuna en el cine, y en los años veinte logró pequeños papeles (muchos tan solo como extra) en películas del Oeste, como "El ocaso de una raza" (1925), "La colina encantada" (1926) o "Camino de Arizona" (1927). En ellas, ya se acreditaba como Gary Cooper. Durante los años 30, comienza a ganarse un hueco en la cima de las estrellas rodando títulos de éxito, como "Marruecos" (1930), "Buffallo Bill" (1936) o "La octava mujer de Barba Azul" (1938).

No obstante, a partir de 1941 es cuando logra su despegue definitivo. En un solo año estrena la delirante comedia "Bola de fuego", el drama periodístico "Juan Nadie" y la cinta bélica "El sargento York", por la que obtuvo su primer óscar a mejor actor. Más adelante, continúa trabajando en películas inolvidables como "Por quién doblan las campanas" (1943), "Los inconquistables" (1947) o "Tambores lejanos" (1951). Pero, sin ninguna duda, la película que le inmortalizó en los anales del séptimo arte fue el western "Solo ante el peligro" (1952), en donde encarna al valiente sheriff que, sin la ayuda de sus temerosos conciudadanos, decide hacer frente a los hombres del renegado Miller.


Fuera de la gran pantalla, 1953 fue un año que marcó su vida. Durante una gira promocional por Europa, decidió visitar al Papa Pío XII para acompañar a su esposa y a su hija, que eran católicas. Su hija relata aquel encuentro de la siguiente manera:

“El entusiasmo nos embargó a todos a medida que se aproximaba la audiencia con el Papa. (…) Estábamos todos en una sala dorada del Vaticano con una veintena de invitados más. Habíamos comprado rosarios, anillos y medallas para que los bendijera Su Santidad, y papá tenía un buen puñado de esos objetos en sus manos. Cuando el Papa llegó a su lado, quiso arrodillarse para besarle la mano, y perdió un poco el equilibrio. Se le cayeron entonces todas las medallas, perlas y rosarios, que rodaron con estrépito por toda la habitación. Algunas quedaron bajo el manto del Pontífice, que supo sacar a mi padre de su monumental vergüenza con una sonrisa y un gesto de comprensión”.

 A mitad de los cincuenta –sigue recordado su hija- “comenzó a pensar en su posible conversión. No hablaba mucho de ello, simplemente nos acompañaba a Misa casi todos los domingos. La excusa que daba era que deseaba oír los fantásticos sermones del padre Harold Ford”.

Este joven y celoso sacerdote correspondió al interés de Gary Cooper con una dedicación entusiasta: “No le sermoneó con el azufre y el fuego del infierno –escribe Mary en su libro- sino que supo hacerse amigo suyo. (…). Mi madre le invitó un día a merendar para que pudiera charlar con mi padre. Y, nada más entrar en la sala de armas, se ganó a mi padre manifestando un gran deseo de practicar la caza y la pesca. En los meses siguientes fue su compañero inseparable en el buceo, la caza y todo tipo de excursiones”.

 Durante aquellas salidas, el padre Ford fue explicando a Gary Cooper la riqueza insondable de la Fe católica. Y, cuando ya casi estaba decidido, le dio a leer “La montaña de los siete círculos”, una autobiografía del monje Thomas Merton en donde narra su conversión. Aquello fue el empujón definitivo. El ya veterano actor se bautizó en mayo de 1959, y entró así a formar parte de la Iglesia Católica.


 A las pocas semanas de su conversión, empezaron a manifestarse los primeros síntomas del cáncer que le llevaría a la tumba. Luchó en silencio contra su enfermedad, mientras rodaba sus últimas películas: “El árbol del ahorcado” (1959), “Misterio en el barco perdido” (1960) y “Sombras de sospecha” (1961). Con la salud ya deteriorada, en 1960 recibió un Óscar especial de la Academia como premio a su larga trayectoria.

 En octubre de ese año mismo, Thomas Merton escribió una carta a su hija Mary, en la que le decía: “Como todo el mundo, yo también adoro las películas de Gary Cooper. Aunque sea monje, me encanta verlas. Incluso tuve la secreta esperanza de que, si algún día “La montaña de los siete círculos” se llevaba a la pantalla, tu padre sería el protagonista del filme. Por muchos motivos, me hubiera gustado mucho que hiciera ese papel”. Para desgracia de Merton, Gary Cooper jamás interpretaría ese papel. Murió el 13 de mayo de 1961 y fue enterrado en el cementerio católico de Santa Mónica.

 La influencia de su conversión fue enorme en el mundo de los artistas. Ernest Hemingway, que fue un gran amigo suyo, recuerda que pocas semanas antes de la muerte del actor hablaron largo y tendido sobre el catolicismo. Al final, con la voz muy seria, Gary Cooper le dijo: “Tú sabes que tomé la decisión correcta”. Según reconoció después, Hemingway no olvidaría nunca aquella conversación. Aquel moribundo tumbado en la cama le había parecido la persona más feliz de la tierra.

Fuentes
Alfonso Méndiz, http://jesucristoenelcine.blogspot.com
Internet Movie Date Base http://www.imdb.com/name/nm0000011/?ref_=fn_al_nm_1
Intereconomía http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/iglesia/gary-cooper-abrazo-fe-mucho-sufrir-cancer-20120229

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