La Diligencia

Estados Unidos forjó su historia gracias a las proezas de unos pocos valientes que expandieron las fronteras hacia lo desconocido y engrandecieron el territorio avanzando siempre hacia el oeste. Hombres como Wyatt Earp, Davy Crocket o Kit Carson. En el terreno fílmico, ese pionero es John Ford, que convirtió “La diligencia” en uno de los westerns más famosos de la historia, fijando así los cánones del género y catapultando a varios de sus actores a la categoría de estrellas.


Como todo aventurero, John Ford no era consciente de la trascendencia que alcanzaría su obra. Aunque parezca mentira, 1939 no era la mejor época para rodar un western. El género se consideraba pasado de moda e infravalorado. Los grandes relatos del lejano oeste se veían denostados, como cuentos provenientes de un pasado que la moderna sociedad estadounidense ya había superado. Además, el maestro Ford no había filmado una película del oeste desde “Tres hombres malos”, en 1926. Él era considerado entonces un director aceptable, pero no un gurú de la gran pantalla.

Hasta que en 1937 llegó a sus manos un breve relato titulado “Stage to Lordsburg”, publicado por el novelista Ernest Haycox en la revista Collier´s. Inspirado en un cuento de Maupassant, narra el viaje de una diligencia por el territorio apache, en la cual van distintos personajes, cada uno con su pasado, sus manías y sus ilusiones. Unos personajes que cautivaron a John Ford, quien compró los derechos inmediatamente por tan solo 7.500 dólares, cantidad irrisoria para la época. El proyecto de “La diligencia” estaba ideado, pero aún necesitaba unos actores que le infundiesen vida. Y para ello, Ford no pensó en los altivos galanes que acaparaban las portadas. El elegido fue John Wayne, un actor mediocre (amigo de Ford) que hasta entonces solo había intervenido en títulos sin pena ni gloria.


El rodaje fue duro. John Wayne padeció los gritos, insultos, burlas y correcciones de Ford hasta la última toma. ¿Valió la pena? Para la historia quedó un western inmortal, que resucitó el género para inaugurar la Edad de Oro de los títulos del oeste. Ford y Wayne jamás se volverían a separar. Para el recuerdo, una diligencia incómoda, dejada, que sirve de hogar a un banquero corrupto, un médico aficionado a la bebida, una prostituta, un vendedor de whisky y la esposa de un oficial de un ejército, además de un cowboy que se debate entre la venganza y la redención. Unos personajes pertenecen a las clases altas; otros, han sido maltratados por la vida. Los primeros viajan a un destino concreto; los segundos, huyen de un oscuro pasado. Dos mundos opuestos. Durante el trayecto, se enfrentarán y se aceptarán, en medio del cansancio, del sofocante calor y del galopar de los indios que los persiguen.      

Ford nos regala una profunda historia psicológica, en la que los personajes no solo realizan un viaje por la llanura norteamericana, sino también por lo más hondo de sus corazones. Cuando alcanzan su destino, ya no son los mismos. El polvo que levantan los cascos de los caballos ha difuminado sus vidas anteriores. Los recelos y trifulcas, las pasiones, los revólveres desenfundados, los altos en el camino, la hipocresía, la naturalidad, los lances de miradas, el Winchester, la oscarizada banda sonora, la carrera contra el propio destino y la persecución por Monument Valley componen una epopeya legendaria. Esa misma localización, años más tarde, también será el escenario que pisarán los cowboys de “Pasión de los fuertes”, “Fort Apache” y “Centauros del desierto”.

El lejano oeste forja sus propios héroes, a veces entre la realidad y la leyenda: férreos defensores de la ley, valientes oficiales del ejército e intrépidos colonos que llegan hasta lo inexplorable. En 1939, el western esculpió dos mitos: para la posteridad quedaron John Ford y John Wayne.

Cartel de la película. Fuente: Filmaffinity

Pablo Úrbez Fernández @Paurbez
Historiador en potencia y periodista en los ratos libres, terminó por causalidad en la Universidad de 
Navarra. Cinéfilo empedernido, aficionado a los toros y actor sobre el escenario. Orgulloso de ser español 
y un católico devoto.  Artículos en Ginkgo Biloba

Bibliografía                
Revista FilaSiete, números 155 y 156, página 48.

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Los toros, nuestra fiesta nacional



Decía Benito Pérez Galdós: “el día en que no haya toros, los españoles tendrán que inventarlos”. Si queremos definir al pueblo español, resulta imposible prescindir de las corridas de toros. Forman parte de nuestro carácter bravo e ingobernable, indómito y pasional.  
Pero también forma parte del carácter español rebelarse contra su idiosincrasia y lanzar piedras contra su propio tejado, en muchas ocasiones incluso con más dureza que los ataques extranjeros. Así, hay españoles contrarios a las corridas de toros por diferentes motivos, la mayoría basados en un trivial sentimentalismo, en el desconocimiento e incluso en política encubierta.
Los toros son un arte, y esto es una realidad. Como también es una realidad que hay quienes son incapaces de apreciar un cuadro de Velázquez o una sinfonía de Beethoven, y no por ello estas obras pierden su condición artística. Quien critica desde la ignorancia, dirá que Las Meninas son un mero trazo de líneas que posan impertérritas en una habitación. Dirá que una sinfonía tan solo es un conjunto de sonidos, sin coherencia ni armonía, incapaces de evocar sentimiento alguno. Dirá que una corrida de toros se compone de un hombre con pintas de payaso frente a un animal salvaje, al que con ayuda de una cuadrilla de individuos provistos de armas, e incluso a caballo, dará muerte mientras un público animalizado ovaciona el fallecimiento del astado. Y nada más lejos de la verdad.

Desde las barreras y los tendidos, admiramos la solemnidad del ritual, la ligereza de la música, el destello multicolor de los trajes de luces, la coreografía de capote, banderillas, caballo, toro y torero. Se crea una belleza elegante, con armonía de movimientos y perfección en las formas, un equilibrio de volúmenes. Donde el toro crea formas a partir del caos, el torero pone orden y quietud. Donde el toro crea líneas rectas, el torero dibuja mágicas curvas.
Esto demuestra que los aficionados a la fiesta brava también tenemos sensibilidad, y no acudimos allí para gozar del sufrimiento y dolor del animal. Es una lucha de la astucia contra la fuerza, de lo humano contra lo salvaje. Es una lucha desigual, de acuerdo, pues los contrincantes disponen de armas distintas, y un guión dicta de antemano quién debe morir y quién debe vivir. Pero desigual no significa desleal. El toro tiene la oportunidad de acometer, embestir y atacar, e incluso su ejemplar bravura puede ser premiada con un indulto. Por tanto, no puede calificarse de tortura, puesto que el torturado nunca tiene posibilidad alguna de defenderse y, además, la vida del torturador no correría peligro. Y el torero desconoce si amanecerá mañana.

Por otro lado, hay quien afirma demagógicamente que el toro no ha elegido luchar; que si pudiese elegir, no estaría en el ruedo. Pero los animales no tienen libertad de elección, sino que actúan conforme a su naturaleza. ¿Acaso los perros o los gatos “eligieron” vivir en las casas? No, pero son domésticos por naturaleza y actúan conforme a ella. Y la naturaleza del toro bravo es atacar contra todo aquello que pueda presentarse como una intromisión en su territorio. Si hincáramos con una puya a cualquier buey o a un lobo, éstos huirán automáticamente, puesto que la fuga es su reacción inmediata frente a una agresión. Sin embargo, el toro bravo redobla su ataque.

Otro craso error que cometen los antitaurinos es confundir una tendencia “ecologista” con una “animalista”. El “ecologismo” consiste en defender la conservación de los ecosistemas y el equilibrio entre las especies que en éstos habitan. El “animalismo” va más allá, y se preocupa por la muerte y el sufrimiento de todos los animales que habitan océanos, montañas y bosques del mundo. Pero sería absurdo proteger a las gacelas de los leones, y tampoco se puede estar preocupado por los lobos y las ovejas al mismo tiempo. Sin olvidar que todo animal que consumimos para satisfacer nuestras necesidades, recibe sufrimiento.
Eso sí, el toro bravo es el único animal que dispone de una extensión de entre 1 y 3 hectáreas de tierra, donde es escrupulosamente cuidado por su ganadero durante 4 o 5 años, hasta su llegada al ruedo. Si es que llega, pues de 300 cabezas criadas, menos de una docena son toreadas. El resto cumple su ciclo vital hasta la muerte.
Por tanto, resulta que quienes, en nombre del supuesto bienestar de los animales, defienden valores como el respeto y la libertad, pretenden dar muerte a un arte que desconocen y que no comprenden. Un arte que ha disfrutado el pueblo español durante siglos, y que constituye una de nuestras cartas de presentación de cara al extranjero. Un arte que Hemingway retrató en sus libros, y Orson Welles filmó en sus películas. Un arte que no desaparecerá mientras haya un español que, al son de clarines y timbales, se levante, saque su pañuelo, y grite Olé.
Serafín Marín toreando en Barcelona
Autor: Pablo Úrbez Fernández
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Fuentes utilizadas:
“El toreo: gran diccionario tauromáquico” Sánchez de Neira, José. Turner, 1988
Corridas de toros, Yo sí estoy a favor | El Estigma de Caín http://elestigmadecain.info/?p=997




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La dignidad de la persona humana: secuencia de la noria en "El tercer hombre"


Viena, 1947. El norteamericano Holly Martins, un escritor de novelas policíacas, llega a la capital austriaca cuando la ciudad está dividida en cuatro zonas ocupadas por los aliados. Holly llega reclamado por un amigo de la infancia, Harry Lime, que le ha prometido trabajo. Pero el mismo día de su llegada coincide con el entierro de Harry, quien ha sido atropellado por un coche. El jefe de la policía militar británica le insinúa que su amigo se había mezclado en la trama del mercado negro.
El tercer hombre es, ante todo, un cuento de misterio amoral en la deprimida Viena de la posguerra, donde Orson Welles realiza una de sus interpretaciones más insolentes.
Cuanto más investiga Holly, más cosas oscuras descubre sobre Harry, que resulta ser un mafioso inmoral que no solo está vivo sino que está vendiendo penicilina en el mercado negro. Holly y Harry se encuentran por fin en lo alto de la noria del parque de atracciones del Prater. Ambos se muestran nerviosos y arrogantes; no hay más que ver cómo al saludarse dan vueltas en círculo, reconociéndose, examinándose el uno al otro.
Entran en la noria, mientras un contrapicado nos muestra la grandeza de la atracción, su popularidad, su encanto misterioso. Harry hace un cínico comentario sobre los niños, que ya adelanta el nivel moral del personaje. Continúa  tratando a su amigo con tirante afabilidad, mientras justifica su turbio negocio. Es un enfrentamiento dialéctico entre los dos personajes principales; dos concepciones de la vida y del ser humano frente a frente. Cuando suben a la noria, no hay planos generales de los dos. La conversación fluye por un plano único de cada interlocutor.
Holly le reprende por obtener dinero a base de vidas humanas, y Harry le responde:
“Hoy en día nadie piensa en términos de seres humanos”
Además, acompaña sus palabras de una simple y banal concepción del ser humano. No hay ejemplo más gráfico de sus principios, pues se acerca a la ventanilla de la noria y le muestra el suelo vienés. Desde un plano picado, vemos cientos de personas que caminan dirigiéndose a sus respectivas ocupaciones. El plano da sensación de vértigo, abruma la visión desde la noria.
“Mira ahí abajo. ¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejara de moverse?”
Da pena la visión del mundo que posee Harry Lime. Y más triste aún es pensar que esa visión ha calado en nuestra sociedad. La gente habla de los seres humanos como un colectivo, como una manada que vive junta en el mismo planeta. No se tiene en cuenta que cada ser humano es totalmente único e irrepetible, con una eminente dignidad sobre el resto de criaturas existentes y con la capacidad de poder dirigir su destino de principio a fin sin estar conminado por otros elementos. Cada uno de esos puntitos negros- como los llama Harry- tiene una dignidad infinita, innumerables sentimientos, seres humanos a los que ama y proyectos para el futuro. No se puede convertir a la persona en un medio para obtener dinero, como hace este personaje en la película. Eso rebajaría el concepto que tenemos de persona humana, pues la emplearíamos en un mero instrumento para obtener nuestros fines, cuando en realidad posee un valor absoluto.
“Holly, tú y yo no somos héroes; en el mundo ya no quedan héroes, solo en tus novelas”.
Si hoy en día nadie piensa en términos de seres humanos, algo tendremos que hacer para cambiar las cosas. No podemos permitir que la persona sea usada para conseguir beneficios económicos, o como medio de acceder al poder. Y conviene cambiar las cosas cuanto antes, porque las consecuencias de tener esa visión del ser humano son irreparables, debido a que son personas las que sufren o, en el caso de la película, mueren. Nunca volverán, no se pueden recuperar. Para que exista la civilización y verdaderamente se pueda vivir en sociedad, es necesario que todo el mundo tenga muy claro el concepto de persona humana, pues de ello pueden depender las vidas de muchos hombres y mujeres en un futuro. Pensar lo contrario impide al hombre mantenerse a la altura de su dignidad. Le animaliza, le inhumaniza. Se rebaja a sí mismo cuando convierte a las otras personas en meros medios para obtener beneficio propio, cuando el verdadero valor del ser humano es absoluto.
Terminada la conversación, salen de la noria. Harry no quiere seguir discutiendo, pide cooperación a Holly. Es lo único que le importa al fin y al cabo, que mantenga cerrada la boca frente a la policía. Finalmente, se despide como empezó, con una cita de lo más cínica que el propio Welles ideó para su secuencia en la película:
“Recuerda lo que dijo no sé quién. En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia no hubo más que terror, guerras, matanzas; pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza por el contrario tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz, ¿y cuál fue el resultado? El reloj de cuco. Hasta la vista, Holly”.
Autor: Pablo Úrbez Fernández
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Saturno devorando a su hijo, un cuadro de Francisco de Goya

Saturno devorando a su hijo, Francisco de Goya, 1820-1823, Museo del Prado (Madrid)

Goya pinta el impresionante ciclo de las “Pinturas Negras” en las paredes de dos grandes salas de su casa. Son verdaderas imágenes de horror, de pesadilla, que nos muestran el lado más oscuro de la naturaleza humana. La obra que nos atañe era una de ellas, y decoraba  el comedor, situado en una de las salas de la planta baja. Es decir, Goya contemplaba este cuadro cada vez que se sentaba a la mesa.

En la imagen vemos a Saturno, un ser monstruoso, desfigurado, que sostiene entre sus violentas manos el cuerpo mutilado de un niño (al cual ya ha devorado la cabeza) mientras se dispone a engullirle el brazo izquierdo. El tono rojo de la sangre destaca sobre la oscuridad que envuelve la escena, sobre los colores negros y sombríos. A ello se le suma el contraste que marca la furia blanquecina de los ojos desorbitados de Saturno. Son ojos impregnados de locura, de irracionalidad, de lo insano. Goya se desentiende completamente de la corrección del dibujo (apenas hay líneas y trazos, el conjunto es una diabólica amalgama) y otorga todo el protagonismo de la obra a las manchas de colores sombríos y a la distorsión feroz de las formas. El poder “expresionista” de la obra es absoluto, provocando en el espectador una intensa zozobra y angustia [1]. El cuadro anticipa las futuras pinturas de comienzos del siglo XX marcadas por la confusión, la irracionalidad, el miedo.

Para comprender la trama de la escena representada debemos volver los ojos a la mitología griega. Saturno, hijo de Urano y de Gea, destronó y mutiló a su propio padre. Casó con Rea y devoraba a sus hijos para impedir que se sublevaran contra él. Sin embargo, uno de ellos, Júpiter, se salvó y echó a Saturno del cielo. También hay otras interpretaciones que relacionan a Saturno con la tradición medieval de un viejo que, con una guadaña, devoraba la vida de los hombres [2].

Durante la Guerra de la Independencia Goya no empuñó ningún fusil, y tampoco defendió a cañonazos las plazas españolas. No enfermó, no fue herido y no padeció hambre. No combatió. Pero la contienda bélica transformó radicalmente la vida del artista, al igual que la de muchos de sus contemporáneos. Como pintor de corte, residió en Madrid, y nunca perdió su cargo. No obstante, recorrió distintos puntos de la Península. Viajó a Zaragoza entre el primer y el segundo sitio, fue a Ávila, a Guadalajara… Presenció el horror de la guerra, su brutalidad e insensatez, que más tarde plasmaría en varias de sus obras. Supuso un nuevo hito en su vida, que le llevaría a una amarga reflexión sobre la irracionalidad latente en la naturaleza humana y a un profundo pesimismo.

Goya no comprendió la guerra. Él era un hombre culto, un ilustrado, que frecuentaba círculos intelectuales (íntimo amigo de Jovellanos) y recibía con los brazos abiertos las ideas provenientes de Europa, capaces de traer el progreso y la modernidad al arcaico pueblo español. Así, no le disgustó la entrada de los franceses en la Península y la coronación de José Bonaparte. Veía en aquello la oportunidad de un cambio, de un mañana en el que España comenzase su desarrollo industrial e intelectual. Sin embargo, resulta difícil tacharle explícitamente de afrancesado, puesto que nunca manifestó públicamente sus opiniones políticas.

Llegó entonces el autoritarismo francés, Napoleón impuso su yugo. El pueblo español se levantó en armas mientras los sueños e ideales de Goya se desvanecían. Francia, la nación que para él representaba la modernidad, ¿cómo podía ejercer aquella represión sobre nuestro pueblo? Quienes ensalzaban a la diosa razón y defendían la libertad, ¿cómo podían servirse de la espada? ¿Cómo podían aplicar semejante despotismo?  Goya se desencantó, y la melancolía que le invadió fue agravada por el fallecimiento de su esposa durante aquella época. Sobre el pedestal del que desterró las innovaciones francesas colocó a Fernando VII, deseando su regreso tanto como los combatientes españoles. La Guerra sirvió, además, para que floreciesen en España las ideas liberales. La Constitución de Cádiz solo era el preámbulo de la profunda reforma política, económica, social y religiosa que se fraguaba detrás de las líneas de batalla. Allanaban a Fernando VII el camino del país hacia el progreso, y a su vuelta España iniciaría su andadura por él, paralela a las demás sociedades europeas.  

Y acabada la Guerra, Fernando VII regresó. Y frenó bruscamente el caminar del pueblo español hacia el liberalismo. Goya, quien se encontraba en Madrid pintando en aquella época “Los fusilamientos del 3 de mayo” y “La carga de los mamelucos”, entre otros, no se lo podía creer. El absolutismo se restaura, la Constitución queda abolida, los liberales son perseguidos y ejecutados… España retorna a la situación anterior a la Guerra.  Goya está confuso, deprimido, desquiciado. Ha visto demasiadas muertes y atrocidades, y la España que tanto ama continúa viviendo a la espalda de los progresos ilustrados. Además, la sordera que arrastra a causa de una enfermedad se agrava irremisiblemente. Cada vez se recluye más en su mundo interior, se evade, se aleja de la realidad.

Saturno es el absolutismo, es Fernando VII, es la cultura desgastada, la estructura político-económica arcaica, atrasada, que devora a España. El pueblo español, impotente, es engullido, pisoteado, aplastado. No hay espacio para las ideas modernas del continente. La España que vence heroicamente a la Francia napoleónica se pierde en disputas internas que tragan el alma de un pueblo. No hay lugar en España para el racionalismo ilustrado.

En 1823 Goya marcha a Burdeos por temor a la represión contra los liberales. Allí, lejos de su patria, morirá cinco años más tarde.

Autor: Pablo Úrbez Fernández

Historiador en potencia y periodista en los ratos libres, terminé por causalidad en la Universidad de Navarra. Cinéfilo empedernido, aficionado a los toros y actor sobre el escenario. Orgulloso de ser español y un católico devoto. @Paurbez





[1] Sánchez Paniagua, Josefina, “Materiales de estudio para la Historia del arte”
[2] Ídem
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El grito, un cuadro de Edvard Munch


El Grito, Edvard Munch, 1893
El Grito de Munch es una obra totalmente expresionista en la que el color, el uso de la línea y la distorsión de la figura sirven perfectamente al propósito del autor, que quiere transmitirnos una profunda angustia interior.

Una figura, que aparece en primer término, grita mientras sujeta su cabeza con las manos. Se encuentra sobre un puente en el que aparecen también dos figuras humanas al fondo. En el horizonte se distinguen dos pequeñas embarcaciones. La figura, casi espectral, se resuelve mediante formas sinuosas y onduladas que se repiten en el resto del cuadro, lográndose así una fusión total que llena la escena de tensión y angustia. Estas líneas curvas expresan el grito, que parece traspasar los límites del lienzo para llegar hasta nosotros. Las diagonales del camino y las barandillas del puente ofrecen un contrapunto a estas líneas curvas. El uso del color, de gran intensidad, refuerza esta clara intención expresiva: el cielo se resuelve a base de bandas rojas y amarillas con pinceladas azules. El mar se representa a través de una gran ola de color azul oscuro que se resuelve en verde en la parte derecha del cuadro.

El propio Munch (apodado “el pintor de los colores del terror” por un crítico de la época) describió su obra de la siguiente manera:

Una tarde paseaba por un sendero, a un lado estaba la ciudad y debajo de mí el fiordo. Caminaba con dos amigos. El sol se ocultó, el cielo se tiñó de un rojo de sangre y yo me sentí como un soplo de angustia. Me detuve y me apoyé en la cerca, mortalmente cansado; por encima de la ciudad y del fiordo de un azul negruzco planeaban nubes sanguinolentas como lenguas de fuego. Mis amigos siguieron andando y yo quedé allí clavado, temblando de angustia. Me parecía oír el grito inmenso, infinito de la naturaleza. Pinté este cuadro, pinté las nubes como sangre auténtica. Los colores gritaban.

La vida de Munch, sin ninguna duda, merecía proferir un grito. Fue educado por un padre severo y rígido, y siendo un niño todavía, perdió a su madre y a una hermana a causa de la tuberculosis. En la década de 1890, a Laura, su hermana favorita, le diagnosticaron un trastorno bipolar y fue internada en un psiquiátrico. El dolor siempre llega: antes o después. A veces toca el timbre; otras, entra sin llamar. La traición del amigo, la infidelidad del cónyuge, la muerte del ser querido… La mentira, la indiferencia, la injusticia… Duelen y, tantas veces, más que un parto o un dolor de muelas. Hay dolores que entendemos y aceptamos, pero otros nos parecen absurdos e injustos. La única respuesta para los segundos es la trascendencia. Sin trascendencia, sin otra vida, este tipo de dolores nos llevan a la desesperación. Pero para quienes atraviesan esa puerta es distinto: no es que dejen de sufrir, sino que lo afrontan y lo llevan de otra manera.

El dolor, si tiene un porqué es… medio dolor. Se convierte en un medio, no en un fin. Detrás de ese dolor habrá algo, no permanecerá hueco. Decía Nietzsche: Vivir es sufrir, sobrevivir es encontrarle un sentido al sufrimiento. Lo más tremendo del sufrimiento es separarlo de la esperanza. El dolor nos hace recapacitar, pensar, meditar. Pule lo accidental y superficial. Purifica todo. Nos grita, como el cuadro de Munch: ¡cambia!, ¡arranca de tu vida todo lo que no te lleve a la eternidad!”. El dolor es una invitación a crecer, a humanizar, a madurar.

Bibliografía: Historia del arte de Eugenio García Almiñana, Materiales de estudio para la Historia del arte de Josefina Sánchez Paniagua y Díselo con cine de Eduardo Camino. 

Autor: Pablo Úrbez Fernández

Historiador en potencia y periodista en los ratos libres, terminé por causalidad en la Universidad de Navarra. Cinéfilo empedernido, aficionado a los toros y actor sobre el escenario. Orgulloso de ser español y un católico devoto. @Paurbez

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Noviazgo, redes sociales y Don Quijote


“En sólo aquel cabello,
que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello
y en él preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llegaste”

San Juan de la Cruz

“Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio,
y desvelávase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni
las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello”

Miguel de Cervantes

I. INTRODUCCIÓN

Tres elementos, aparentemente inconexos pero íntimamente relacionados, integran el presente ensayo: La relaciones a distancia, las redes sociales y don Quijote. ¿Cómo –puede preguntarse el lector– es posible relacionar realidades aparentemente tan alejadas?

Las nuevas tecnologías han cambiado por completo nuestra manera de comunicar y de pensar; han cambiado, en definitiva, la sociedad. Ningún ámbito, ya sea el personal, académico o profesional, ha escapado a su influencia. Hoy en día se da por supuesta nuestra presencia en alguna de las redes sociales más extendidas, y no es infrecuente encontrar personas registradas en varias de ellas a la vez. Existen redes de carácter profesional, otras de tipo social, o incluso de búsqueda de parejas. Se han creado aplicaciones de toda clase: de fotografía, juegos, cocina, deportes, etc. Y lo más relevante es que todas ellas ofrecen la posibilidad de compartir nuestro perfil con nuestros amigos. No es necesario más que un somero análisis de los datos estadísticos disponibles para advertir la magnitud de este fenómeno: según datos de 2012, se calcula que más de 17 millones de personas se conectan diariamente a Internet solo en España, de los cuales el 40% son jóvenes menores de 35 años (1); que existen unos 850 millones de usuarios activos de Facebook; y que se envían 175 millones de tweets diarios (2). Estos datos nos revelan cómo —también en nuestro país— el mundo digital va configurándose como uno de los fenómenos más importantes de nuestro tiempo. Las nuevas tecnologías de la información han conseguido liberar al hombre de los tradicionales límites de espacio y tiempo, consagrándose como una verdadera revolución de nuestros días. Gracias a ellas, podemos comunicarnos instantáneamente con prácticamente cualquier parte del globo, así como acceder a un mar de información acerca de lo que está ocurriendo en cualquier país. Son muchos los campos que están siendo radicalmente transformados por ellas, uno de los cuales es el de las relaciones de pareja, y particularmente el noviazgo. En efecto, las nuevas tecnologías han supuesto la aparición de un tipo de noviazgo muy infrecuente hasta su llegada: los noviazgos a distancia.

En lo referente a las relaciones a distancia, el uso de las nuevas tecnologías de la información plantea una serie de ventajas e inconvenientes que es preciso considerar con detenimiento. Gracias a instrumentos como WhatsApp, Facebook o Skype, es posible mantener un contacto diario y permanente con otra persona, aunque viva en otro continente. Podemos lograr una gran sensación de cercanía independientemente de la distancia que nos separe. Sin embargo, esta cercanía es solo aparente, dado que la ingente cantidad de información que proporcionan dispositivos de mensajería instantánea podría no proporcionar, a la postre, un conocimiento de la suficiente calidad como para basar una relación de noviazgo orientada a un compromiso familiar definitivo.

Todos sabemos que la calidad, en muchos casos, está reñida con la cantidad. De esta manera, también sucede que una cantidad excesiva de imágenes e información como la que nos ofrecen estos medios de comunicación interpersonal podría hacer difícil centrar la atención en los aspectos verdaderamente importantes de una relación de noviazgo.

Aunque es propio de las capacidades intelectuales del hombre saber discriminar lo relevante de lo superficial, la exposición permanente a un torrente frenético de imágenes y datos puede distraernos de lo más importante para que un noviazgo sea un éxito: del conocimiento profundo del otro.

Arrojar un poco de luz sobre esta cuestión es el objetivo de este breve ensayo. Para ello, sugerimos dos vías de reflexión: La primera tiene carácter filosófico, y consiste en la adecuada distinción entre pensamiento e imaginación. Un auténtico conocimiento de “quién es” la otra persona (conocimiento intelectual, esencial) y no un simple “cómo es” (conocimiento sensible, accidental) es la clave del éxito de todo noviazgo.

La segunda vía de reflexión es literaria, pues consideramos que una aproximación de este tipo no solo es igualmente legítima, sino que resulta complementaria. Y es que “ese afán de interpretación [de la realidad] no es monopolio de los filósofos, pues los grandes escritores lo son —al mismo tiempo— por su dominio del lenguaje y la profundidad de sus análisis” (3). Y qué mejor ejemplo de lo que supone enamorarse de un mundo de imágenes y ficción que la sempiterna figura de Don Quijote. Su idílica relación con Dulcinea del Toboso, que es, en realidad, una labradora ruda y desgarbada llamada Aldonza Lorenzo, ilustra de manera muy acertada en qué consiste un noviazgo imaginario, irreal. El recurso a este personaje puede resultar paradójico, por tratarse de un modelo creado en el siglo XVII. Nihil novum sub sole (4)—es lo único que cabe replicar. La naturaleza humana y los problemas ante los que se enfrenta son siempre los mismos, aunque tengan distintas apariencias.



No es nuestro fin poner en tela de juicio el valor y la utilidad de las redes sociales, sino simplemente advertir de un posible peligro que pueden suponer para este tipo de noviazgos, los noviazgos a distancia.

I. PENSAMIENTO E IMAGINACIÓN

Para las nuevas generaciones, que han desarrollado una gran mentalidad crítica, es necesario que las pautas que se den para el buen desarrollo de las relaciones afectivas en el contexto de Internet sean claras y precisas, racionalmente estructuradas, al modo en que los filósofos analíticos concibieron la buena filosofía: bien razonada y con ejemplos. De lo contrario, nos haremos acreedores de la acusación de un famoso filósofo inglés: levantar polvaredas para después quejarse de que no se ve bien [1]. En pocas palabras, pretendemos ofrecer razones claras y no simplemente criterios de conducta sin fundamentación.

La relación entre cuerpo y conocimiento es un problema clásico en la filosofía, que ha hecho correr ríos de tinta. Aristóteles, en su libro De anima, comienza ya una interesante investigación sobre el tema, apuntando a algunas verdades fundamentales sobre las que construir la teoría del conocimiento. Este tema es de una importancia capital para la presente investigación, dado que una de las finalidades más importantes del noviazgo es conocerse el uno al otro en profundidad. ¿Es posible conocer a una persona con la que solo contactamos a través de las redes sociales? La respuesta a esta pregunta determinará en qué medida un noviazgo a distancia puede ser considerado un verdadero noviazgo. Pero antes es preciso aclarar algunos puntos.

1.1. Inteligencia e imaginación

Aunque Aristóteles no da una respuesta definitiva a la cuestión, plantea una distinción fundamental entre imaginación e inteligencia, que traerá mucho fruto en la pensamiento posterior, tanto teórico como práctico.

Para Aristóteles la imaginación es una facultad sensible que produce imágenes, que capta lo accidental, lo accesorio de la realidad. Podríamos definirla como «aquella facultad cuyo objeto es volver a considerar o hacer presente de nuevo (re-presentar) algo que estuvo presente a los sentidos externos» [2]. La imaginación opera mirando al pasado, constituye lo que comúnmente llamamos archivo de percepciones. En este sentido, el principal cometido de la imaginación no está en sí misma ni en su actividad, sino en el suministrar a la inteligencia aquellos phantasmata —imágenes que utiliza el intelecto agente para extraer de lo sensible lo inteligible— que permiten captar al hombre los conceptos y, posteriormente, formular juicios.

La imaginación está normalmente bajo el imperio de la voluntad, aunque a veces —en estados de inconsciencia o subconsciencia— escapa a su control. Consecuentemente, las imágenes que poseemos no son siempre las más adecuadas para formular conceptos con los que captar la realidad [3].

Algo fundamental que ha de sustentar toda investigación es la apertura natural a la verdad del hombre [4]. Esta realidad se pone de manifiesto, v. gr., en el pasaje de San Agustín: «He encontrado muchos que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse engañar» [5]. El hombre es un ser que «busca la verdad»10. En este sentido, la inteligencia, que es la facultad cuasi-divina del hombre de captar lo esencial, lo que es el ente, cumple ese objetivo de trascender las apariencias, el borde periférico de lo real. «El hombre es capaz de conocer de modo abstracto y universal, es decir, puede llegar a la esencia de las cosas» [6], y eso le permite realizar su vocación, su afán, y no sumirse en imágenes inconexas.

Esta distinción entre facultades no es total. La unión se encuentra ya apuntada en Aristóteles [7]. A la luz de esta distinción, cabe una consideración práctica aplicable al noviazgo, pues su razón de ser es fundamentalmente posibilitar el conocimiento del otro. Sólo así se consigue una adecuada ordenación de los apetitos sensibles y racionales, que es clave para lograr un noviazgo fructífero.

1.2. Imagen y concepto: El peligro de la confusión

El siguiente paso es distinguir adecuadamente entre imagen y concepto. La imagen es producto de la imaginación, mientras que el concepto surge de la inteligencia.

El concepto es la realidad que se presenta ante la inteligencia como referencia a lo que está fuera de nosotros. No es una cosa que esté en la inteligencia flotando, sino la posesión del ente como perfección. Su única consistencia como realidad es el «referirse a» [8]. Es pura remisión a lo que se presenta ante nuestros ojos. La imagen también lo es, pero el concepto, debido a su espiritualidad, a su inmaterialidad, lo es en grado sumo. Es por ello que, cuando pensamos, conocemos más que cuando imaginamos. La imaginación conoce las formas accidentales de lo real. El concepto se refiere a lo puramente inmaterial de la cosa.

Imagen y concepto pertenecen, pues, a dos niveles distintos de conocimiento. En el ser humano se dan ambos de tal manera que resulta fácil confundirlos. Por un lado, la imaginación humana es especialmente poderosa debido a su actuación conjunta con la inteligencia. La imagen se da simultáneamente al concepto. Además, la inteligencia y la imaginación poseen el mismo objeto. Lo único que los distingue es el grado de realidad que poseen. Por eso es muy común que no sepamos distinguir cuánto hay de imaginativo y cuánto hay de conceptual en una realidad que conocemos. Esta propensión a confundir el mundo de la imaginación con el del conocimiento intelectual puede agravarse por la exposición excesiva a las sofisticadas tecnologías de la imagen. Perfiles en redes sociales, comunicación virtual, etc., pueden inducir no ya a confundir la realidad con la imagen de lo real, sino a confundirla con la «imagen de la imagen de lo real». Nos encontramos en un bosque de impresiones que no se corresponden con una experiencia sensible directa.

Entre el concepto de hombre y la imagen de hombre hay un paso. El concepto de hombre tiene una realidad universal. La imagen, en cambio, con sus notas sensibles y mutables, puede responder más a hechos e intereses circunstancias de mayor o menor recorrido histórico. En pocas palabras «esa unidad de comprensión sobre algo o sobre alguien se da en el conocimiento de lo intelectual (los conceptos), y no en el conocimiento sensible imaginativo» [9].

Además, la imaginación no accede a la persona en sí misma considerada, sino tan solo a sus imágenes fragmentarias, que remiten a aspectos concretos y accidentales, pero no a la propia persona. Pueden hablarnos de su forma de ser pero no de su intimidad, pues «lo que se representa ante los sentidos “representa” lo que está más allá de ellos» [10]. La imagen del hombre no es, obviamente, algo negativo. Sin embargo, confundirla con el concepto tiene consecuencias devastadoras. Un conocimiento del otro basado en simples imágenes, sin un sustrato conceptual, intelectual, acerca de quién es la otra persona, equivale a desfigurar su rostro y no conocer más que una caricatura de lo que en realidad es. De esta manera, por más que las tecnologías ofrezcan un mundo enormemente sugerente de imágenes, no podemos perder de vista que las imágenes son muy deficientes para comprender a «alguien». Sin unidad de comprensión nos enfrentamos a la contemplación de un rostro desfigurado del otro. Y en el ámbito del noviazgo, esto puede ser devastador.

II. DON QUIJOTE Y EL AMOR-FICCIÓN

Todo lo expresado con anterioridad en un lenguaje filosófico fue analizado desde otra perspectiva por Miguel de Cervantes en El Quijote. La pérdida de contacto con la realidad de Alonso Quijano, motivada por una hipertrofia de la imaginación y una atrofia del pensamiento, es el motor de toda la novela. En su delirio de fantasía, Don Quijote, se lanza en busca de aventuras y —lo que resulta más interesante para el propósito de este trabajo— crea un amor que solo existe en su imaginación.

2.1. La locura de D. Quijote: Una hipertrofia de la imaginación

La locura de Don Quijote hunde sus raíces en una desmedida lectura de libros de caballería. El desafortunado hidalgo termina por confundir el contenido de aquellos con la realidad misma. «En resolución, él se enfrasco tanto en su lectura que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio» [1].

En este «perder el juicio» de Don Quijote a que hace referencia el texto anterior «hay que ver una alegoría o un símbolo antes que un diagnóstico clínico» [2]. D. Quijote no es un loco en sentido estricto, sino un pobre anciano —la esperanza de vida de aquella época apenas llegaba a los 30 años— que había alimentado desmesuradamente su imaginación hasta no poder, o no querer —al final de la novela don Alonso Quijano «renuncia» a su locura para volver a la realidad— distinguir realidad e imaginación. Así lo sugieren también los diversos intervalos lúcidos en que Don Quijote no solo demuestra estar cuerdo sino ser pasmosamente brillante, como en el discurso de las Armas y las Letras. Parece razonable, pues, aplicar a Alonso Quijano todo lo expuesto en el apartado anterior: es una víctima de una confusión entre pensamiento e imaginación [3].



2.2. El Amor platónico de D. Quijote: Dulcinea del Toboso

Como todo buen caballero andante, D Quijote debe crear una amada a la que poder cortejar y ofrecer sus hazañas. Construye para ello un personaje a su gusto, imagina una doncella acorde con la fantasía que da vida a su aventura: Dulcinea del Toboso. Según da a entender el texto, esta doncella no es del todo imaginaría, sino que el anciano don Alonso la ha conocido realmente: «Se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cuenta de ello»” [4]. Esta humilde labradora es revestida por la imaginación de D. Quijote con las galas de una noble doncella y, así, «buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla 'Dulcinea del Toboso' porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico, peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto» [5]

Espoleado por la imaginación, Don Quijote idealiza a su amada atribuyéndole toda clase de cualidades. Sin apenas haberla conocido, su imaginación le lleva a añadirle todo lo que la pasión desmesurada del caballero andante le pide. En ello se descubre la poderosa capacidad de la imaginación para inducirnos al autoengaño —lo que ya aludimos al sugerir sucintamente que su locura tuvo algo de voluntario, dado que al final de su vida «renuncia» a ella.

2.3. El desengaño de D. Quijote: Aldonza Lorenzo

Como es natural, la imaginaria doncella de D. Quijote no se parece en nada a la verdadera realidad. La sublime Dulcinea del Toboso resulta tener por nombre el de Aldonza Lorenzo, que, como apunta el narrador de la novela, «dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha» [6].

III. LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS Y LAS RELACIONES A DISTANCIA

Hemos puesto de manifiesto, tomando como ejemplo a Don Quijote, la estructura y la relación entre imagen y concepto. Pero ¿cuál es su relación con el tema de los noviazgos a distancia y de las redes sociales?

Las redes sociales —Facebook, WhatsApp y otros medios de comunicación instantánea— están favoreciendo el auge de los noviazgos a distancia. Todos tenemos algún amigo cuya novia o novio vive, no ya en otra ciudad, sino en otro país o incluso en otro continente. Se trata de una novedad de nuestro tiempo que antes apenas estaba presente. Por ello, un análisis sereno y ponderado de cuáles son las ventajas y los inconvenientes que plantea es más necesario que nunca.

3.1. El mundo virtual: Un mundo de imágenes

El mundo virtual es un mundo de imágenes. Se trata de un entorno en el que la propia persona se muestra de manera parcial, quedando oculto su mundo interior, su intimidad. Nuestro perfil, aquél con el que nos presentamos al resto de internautas, no es más que una máscara, una imagen con la que presentarnos. La persona no se revela en una foto de Facebook o en un mensaje de WhatsApp. La persona se revela en el trato directo, en el encuentro de su mirada —la epifanía del rostro, como la llama Lévinas—, en el tono de su voz y en los gestos que realiza. En este sentido, es preciso advertir el peligro que corre un noviazgo cuya base sea la comunicación digital y no un conocimiento real de la otra persona. Dicho esto, es necesario dar un paso más y preguntarse cómo es posible cultivar una relación profunda, duradera, auténtica, basada en el conocimiento y entrega al otro [1]. Las relaciones de verdadera amistad — uno de cuyos casos paradigmáticos es, en definitiva, el noviazgo— parecen haberse sustituido en muchas ocasiones por mera fórmulas de cortesía, de ‘saber estar’, ‘saber tratar’ a los demás en cada situación, sin interesarse por el otro ni dejarnos conocer de manera absoluta. El otro se convierte, pues, en una especie de ‘extraño’, de ‘otro’ en sentido estricto, en quien no reconocemos a un semejante. Esta relación deja de ser una relación de amistad para, en palabra de Jon Borobia, convertirse en una relación de interés o interesada —que resulta más cómoda en la medida en que ambas partes aceptan desde el inicio que se trata de una relación de utilidad [2]. Análogamente puede ocurrir que, en un noviazgo sustentado en el mundo virtual, los novios sean en el fondo extraños que no se conocen.

A este respecto, es cada vez más frecuente el fenómeno que Alex Williams describe en su artículo “The end of coutship?” [3] El tradicional cortejo previo a una relación de noviazgo está desapareciendo en pos de otro que podríamos denominar «cortejo virtual». Según este autor, «Dating culture has evolved to a cycle of text messages, each one requiring the codebreaking skills of a cold war spy to interpret». Efectivamente, la cultura de la imagen en que estamos inmersos está arrinconando los métodos tradicionales de ofrecerse a una chica como «pretendiente». Ahora, el preámbulo de lo que vulgarmente se conoce como «estar saliendo» tiene lugar a través de las redes sociales. Para tratar con una chica ya no es necesario estar espacialmente cerca de ella.

En un noviazgo convencional, poco a poco el trato personal aumenta y se hace frecuente, sin plantear grandes problemas. El trato «virtual» del que hablamos se va sustituyendo por el trato personal y poco a poco se irán revelando las intimidades de los novios. Sin embargo, en un noviazgo a distancia existe el peligro de que esta fase de trato virtual no se supere realmente. Como hemos señalado anteriormente, las redes sociales ofrecen una sensación de cercanía difícilmente superable. Esto puede crear una apariencia de intimidad. Sin embargo, esta cercanía es solo aparente. Lo que tenemos cerca no es la otra persona, sino su imagen. Y está no es suficiente para hablar de noviazgo.

3.2. Amor platónico, amor imaginario

Por amor platónico entendemos un amor que se sustenta en una ilusión. ¿Podemos basar una relación de pareja en eso?

Ya hemos aludido a lo perniciosas que resultan las imágenes falsas en las relaciones de pareja. El amor platónico configura una imagen idea —aparentemente perfecta— de la otra persona, haciendo imposible la decisión racional teniendo en cuenta la verdadera naturaleza del otro.

Necesitamos atender a criterios reales y no imaginarios. El conocimiento de la verdad es indispensable para que un noviazgo se sustente sobre bases que permitan un desarrollo armónico.

Las relaciones a distancia tienen ese componente platónico. En una relación a distancia falta la confrontación sensible por la cual conocer los actos concretos que realiza el hombre o la mujer que se ama. El amado, al no poder conocer esto, requiere conocer la imagen del otro a través de lo que cuenta el otro de sí mismo. El problema no es si hemos de fiarnos de la sinceridad del otro sino, más bien, si el otro es capaz de verse a sí mismo con la objetividad necesaria. No nos conocemos totalmente a nosotros mismos. Ese amor platónico que puede surgir entre una pareja tiene el riesgo de truncarse cuando compartan la realidad de sus mundos cotidianos. Por eso, la prolongación excesiva de la distancia no es algo recomendable.

4. CONCLUSIÓN

A la luz de lo expuesto en los apartados anteriores podemos concluir los siguientes puntos:

1º.- El conocimiento profundo de la otra persona es un elemento esencial de cualquier relación de noviazgo. Este conocimiento, por tanto, tiene que estar orientado a la intimidad de la otra persona, a su mundo interior. De esta manera, toda relación de noviazgo debe ser una búsqueda recíproca de la identidad espiritual de las personas que componen la relación.

2º.- El acceso a la persona, en su esencia, debe realizarse por medio de la inteligencia y no de la imaginación. La imaginación se refiere a lo accidental, mientras que la inteligencia tiene por objeto lo esencial, aquello que le hace a algo ser lo que es. En el caso de la persona, la inteligencia es la facultad del hombre por la que se puede acceder a su verdadera identidad.

3º.- Don Quijote de la Mancha es un ejemplo paradigmático de los que supone fundar un amor romántico en la pura imaginación. Su amor por Dulcinea del Toboso resulta ser una farsa basada únicamente en su fantasía. La bella dama no es más que una porqueriza. Algo como esto puede ocurrir cuando una relación amorosa carece de la inmediatez de lo real.

4º.- Las relaciones a distancia tiene una fuerte dimensión virtual e imaginativa, toda vez que dependen en gran medida del empleo de las nuevas tecnologías de la información. En este sentido, tienen el peligro de fundarse en el mero conocimiento imaginativo y no en el intelectual. Una adecuada advertencia de este peligro es clave para no sumergirse en amoríos irreales como el de Don Quijote.




Autores: Guillermo Celaya Azanza, Antonio Rivero, Carla García y Pablo Úrbez.



[1] Perfil sociodemográfico de los internautas; Observatorio nacional de las telecomunicaciones y de la SI [ONTSI], 2012.
[2] Vid. http://www.huffingtonpost.com/brian-honigman/100-fascinating-socialme_b_2185281.html.
[3] AYLLÓN, J. R., Tal vez soñar, La filosofía en la gran literatura, Ariel (2009); p. 8.
[4] Ec 1, 10.
[1] G. Berkeley
[2] García Cuadrado, J. A., Antropología filosófica. Una introducción a la filosofía del
hombre, EUNSA (4ª edición), Pamplona, 2008, p-58.
[3] Cfr. Santamaría, M. G., Perfecciopía (Inédito), p. 8.
[4] García Cuadrado, J. A., Op. cit., p. 71.
[5] San Agustín, Confesiones, X, 23, 33: CCL 27, 173.
[6] García Cuadrado, J. A., Op. cit.; p. 74.
[7] Aristóteles, De anima III 431 a 14-17.
[8] Polo, L., Teoría del Conocimiento, Tomo I, EUNSA, Pamplona, 2004, p. 58.
[9] Borobia, J., La imagen del otro en las relaciones personales, http://www.pensamientoyarte.com/2013/02/la-imagen-del-otro-en-las-relaciones.html
[10] Ibid.


[1] Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Alfaguara, Madrid, 2005, p. 9.
[2] Ibid. p. xv.
[3] Ibid., p. xviii.
[4] Ibid., p. 33.
[5] Ibid., p. 33.
[6] Ibid., p. 86.

[1] Mensaje de S. S. Benedicto XVI para la XVL Jornada Mundial de las comunicaciones
sociales: Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital.
[3] New York Times  http://www.nytimes.com/2013/01/13/fashion/the-end-ofcourtship.
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